PREVISIÓN, MÁS ALLÁ DE LA ESPERANZA
Fue hace tres años, un verano con cielo azul, mucho sol y un calor que inundaba el campo, los trigales estaban dorados y el peso de los granos amenazaba con doblar los tallos. Ese fue un buen año y las nuevas semillas dieron más producción. Fue necesario recoger temprano el trigo, guardarlo o convertirlo en harina. Pedro lo sabía, era el tercer año bueno y sabía que los ciclos eran de tres años, unos buenos y otros malos.
Tenía guardada una buena remesa de harina. La mesa de su casa estaba bien servida aunque nunca se desperdiciaba la comida. El siempre guardaba lo que le sobraba. Eso no le impedía ser solidario con sus vecinos y parientes a quienes ya había advertido que venían los malos años y que la sequía terminaría con los sembríos, el ganado y obligaría a abandonar sus tierras a numerosos vecinos.
El caudal del río se redujo y los pocos sembríos se secaron, en cuanto al ganado al inicio hubo que venderlo y posteriormente comer los pocos que iban quedando, hasta que sólo quedaron dos vacas flacas que daban muy poca leche . Los perros se pusieron flacos y vagaban buscando algo que comer. Aunque el tiempo fue malo la familia de Pedro pudo sobrevivir, hubo que racionar un poco el agua, pero el pan y los granos nunca faltaron.
No faltó quien tocara la puerta de la pequeña hacienda buscando ayuda, con la seguridad de que obtendría agua y pan y si era preciso abrigo.
El segundo año fue más difícil porque el agua escaseó más y la caza de aves desapareció. El polvo ya no era una capa ligera, sino que al caminar se hundían varios centímetros los pies, la atmósfera se hizo irrespirable.
Pedro siempre tuvo la esperanza de que pasaría rápido el tiempo. Felipe, Pablo y Andrés sus más cercanos vecinos emigraron a la ciudad, al despedirse encomendaron sus pertenencias a Pedro, de tal manera que para el tercer año era el único que quedaba en el antiguamente próspero valle. Los pocos eucaliptos que daban sombra al patio de la casa iban quedándose sin ramas que las utilizaban para cocinar ante la imposibilidad de utilizar otro tipo de combustible y el viejo Land Rover estaba más tiempo parado que con el motor en marcha. Esta era la mayor crisis que habían soportado.
La familia se mantuvo unida a pesar de la creencia de que “cuando la miseria entra por la puerta, el amor salta por la ventana”, pero con el tiempo ya todo se veía muy negro y parecía sin remedio.
Reunido Pedro y Beatriz, su esposa habían hecho un análisis de posibilidades con el fin de mudarse a donde algún pariente cercano hasta que mejore las circunstancias. La decisión fue de ir a casa de la madre de Beatriz y el tiempo límite fue de tres meses.
Los días pasaban lentos y la alacena estaba prácticamente vacía cuando una noche el cielo se puso negro y muchos truenos iluminaban el amplio valle. Esto significaba que venía el agua.
Tres días después la lluvia llegó en abundancia y aunque el reseco suelo se bebió el agua de las primeras horas, al día siguiente el río tenía un pequeño caudal. Los marchitos arbustos de la orilla empezaron a enderezar sus ramas y hasta se oyó algún canto de pájaro. Era el agua la que traía la esperanza. Pronto habría que preparar la tierra y volver a sembrar, afortunadamente aún tenían semilla.
Al siguiente mes todos estaban más contentos. La fe había podido más que el sufrimiento y la previsión había sido la mejor opción para la época tan difícil que pasaron.




